TIERRA DE DOS LUNAS
La Gran Isla de Hayarath
jueves 28 de octubre de 2010
lunes 17 de mayo de 2010
Premio Princesa

domingo 9 de mayo de 2010
Mayo 9 - 2010
Octubre 30 -2009 Sobre los Inicios
Octubre 30 - 2009
Queridos lectores, amigos:
Bueno, he aquí que iré colgando de mi novela. Quería contarles como comencé con este trabajo. En realidad, es un trabajo que nació hace mucho tiempo, cuando tenía quince años (hace bastante de eso ya, jeje). Era una adicta a las historias de fantasía y ciencia ficción, y cuando veía alguna película que me gustaba, la escribía en algún cuaderno, reinventándome los diálogos y agregando algunas escenas para que la historia me cuadrara. jo! (aún conservo algunos de esos cuadernos. Sobre la ortografía y la puntuación, mejor ni les cuento :s). Hasta que me pregunté: "¿Por qué mejor no invento mis propias historias?", y comencé a escribir. En ese entonces, ni siquiera tenía máquina de escribir (que antiguo sonó eso), así que cuando me iba a la cama, tomaba mi cuaderno y soñaba; recuerdo haber comenzado esta misma historia con la siguiente oración: "La mañana era brillante, el sol otorgaba una sensación de paz y tranquilidad a los verdes prados del reino de Dharas...". El asunto es que escribía hasta altas horas de la madrugada; y en las tardes, después del colegio, me iba a escribir arriba de un nogal que teníamos en la parcela donde crecí, y que fue testigo de todos mis inventos, y soñó junto conmigo ¡Qué gran nogal!
Habré escrito alrededor de tres o cuatro meses, hasta que un día al leer, descubrí que era un bodrio, una ridiculez de lo más sonsa y estúpida; dejé mi cuaderno botado y decidí volcarme completamente a la música. Varios, pero varios años más tarde, encontré mi cuaderno y leí...y dije: "¡Oh!, esta historia no está nada mal, pero hay que hacerle algunos cambios". Para ese entonces, ya tenía un computador, y en la soledad de mis noches, inspirada por música de Vangelis y Adiemus, retomé el escrito desde el inicio otra vez, con algo más de madurez. Pero al releer no me agradaba, y como no supe repararla, me aburrió y comencé una nueva novela "Sinfonías de Althia", sin embargo, tampoco prosperó. Todo quedó nuevamente estancado, y solo alguna que otra poesía o letra para canciones, salía de mi interior. Pasaron otros cuantos años, y alejada un tanto de los sueños y de la música, caí en bajón, en depresión. Hasta que descubrí que necesitaba entrañablemente de la fantasía y de la música, que era una de las más maravillosas formas en que alimentaba mi alma. Un día, una amiga de mi hermana quiso leer esa historia que tenía abandonada. Ella es periodista, y muy letrada, asidua lectora...y mi sorpresa fue gigante cuando me dijo que la historia le había encantado. Entonces, decidí retomar y volví a escribir. De esto ya hace casi un año. Sin embargo, vi que necesitaba estudiar un poco sobre redacción y que necesitaba consejos, nutrir mi mente, relacionarme con gente que gustara también de estos temas para sentirme más motivada, e investigar. Entonces, mi esposo dijo las palabras mágicas: "¿Por qué no ves si hay algún foro de fantasía en internet?"...¡Y que palabras fueron aquellas! Llegué a un foro: http://www.fantasiaepica.com/ ; y maravilloso, no pude encontrar mejor lugar para sentirme motivada. Y ahora, con plena seguridad, puedo decir que no pienso abandonar de nuevo este proyecto, pues me he enamorado profundamente de él. En la escritura, me falta alrededor de un tercio para terminar la novela; sin embargo, luego de ponerme a estudiar, decidí reescribirla y revisar muchísimo todo lo hecho, cosa que me tiene muy contenta. Si bien, siento que falta mucho por mejorar, creo que puede ser leída y comprendida por otros, y logra transmitir gran parte de ese mundo que sueño.
Hoy estuve reescribiendo el capítulo 11. El capítulo 8, 9 y 10, los tengo en revisión. Pronto, prometo subir el octavo a este blog.
Agradezco a todos mis lectores, a los que comentan y a los silenciosos y anónimos también. Gracias por estar ahí y compartir mi mundo.
Navegando entre imágenes que me gustan, he encontrado dos que se asemejan bastante a mi mundo:
En esta, hay dos lunas (o dos planetas), pero me transporta inmediatamente hacia el sector este de Dharas, cerca de la Meseta del Silencio.
Y en la que sigue, me puedo imaginar claramente las montañas de Gabath y el palacio de Dharas. La ciudad estaría en un valle, hacia delante del palacio que se aprecia en la imagen. Y la vegetación es justo como me la imaginaba. (Claro que sin esas cascadas de agua, que por lo demás, ¡están geniales!)
Bueno, eso es lo que deseaba compartir con ustedes. Cuando encuentre más imágenes que evoquen mi mundo, las subiré al blog. Así también, a ver si me animo a hacer algunos dibujos y compartirlos. Un abrazo gigante a todos y gracias por estar allí.
Mabel.
Abril 28
Abril 28 - 2010
Finalmente, he concluido la primera parte de la novela. No obstante, está sujeta a cambios, pues no creo que sea la versión final... aún debo corregir muchas cosas, sobretodo en cuando a redacción y ortografía, como también estoy evaluando la posibilidad de agregar algunas escenas referentes a la historia de Girdhan, que actualmente están situadas en el inicio de la segunda parte. No lo sé aún. Tal vez necesito culminar la segunda parte para observarlo con mayor detenimiento. Espero que aquellos amigos, osados, que se atrevan a leer estos escritos aún en creación, pasen un buen momento y me ayuden con sus comentarios he inquietudes!
Un abrazo! :)
Febrero 17 - 2010
Actualmente, me encuentro haciendo cambios a una parte importante de la historia, como es el caso del capítulo V y VI, dónde he alterado algunos eventos, con el afán de hacer la historia más entretenida e interesante....y creo que está quedando de maravilla.
Hoy he colgado nuevamente ambos capítulos...aunque esto me llevará a hacer grandes modificaciones a los capítulos que siguen....especialmente a los referidos a la historia de Jarrel y Vannia...
Espero no provocar molestias a mis lectores, y pido mil disculpas si es el caso.... pero es parte del proceso creativo ¿no? ¿Será mucho pedir una re-lectura a ellos para enganchar bien otra vez? pleeeeaaasssseeeee!!!
Me pregunto si en algún momento uno dejará de hacer cambios, o simplemente habrá que abortar las modificaciones y decir: "Lo dejo tal y cual está"?
Un saludo cordial :)
Mabel.
miércoles 28 de abril de 2010
Capítulo XII
—Créame que hubiese deseado hacerla llegar a su padre antes —se excusó Shedar—; pero esperaba que al menos su hermano hubiese recibido su iniciación sacerdotal, y así la Orden Sagrada Mayor contara como mínimo con una trinidad de Arkai para organizar este viaje. Jamás sospeché que la llegada de Amarella y Nardún provocaría tal alteración de tiempo en nuestro universo físico.
—Si no se hubiera alejado del lado de mi padre, los pilares de la Orden Sagrada Mayor estarían intactos y este viaje hubiera podido realizarse antes. Once días es muy poco tiempo.
—No cuestione mis actos, alteza —respondió Shedar con serenidad—. En poco tiempo mis motivos saldrán a la luz. Por ahora, encárguese de hacer llegar ésto a su padre sin mencionar a Vannia o a mí —dijo, posando su mano sobre la pluma—. Aún ahora hay opción de ir al Mundo Esmeralda y regresar a tiempo, pero debe realizarse lo antes posible y ojala en el más absoluto secreto.
—No se preocupe, me encargaré de ello.
Shedar se puso de pie. A pesar del agotador día que había vivido, estaba listo para ir a sus andanzas nocturnas y culminar el trabajo del talismán para Jarrel. Se acomodó la capa gris, se colgó el morral y tomó su báculo. Vannia, que se había recluido en su habitación luego de los hechos del día, decidió salir en ese momento a despedir al mago.
—No me entretendré más aquí —dijo Shedar—. Perder la salida de las lunas podría significar otro día de espera para su alteza, y creo que todos necesitamos que regrese pronto a su hogar; ¿no es verdad, Vannia?
Vannia no esperaba aquella pregunta. Dio una rápida mirada a Jarrel, quien le devolvió un destello de inquietud, atento a la respuesta.
—Claro —respondió tímidamente, contemplando los ojos de Shedar; y sintió como si el mago le diera una dura advertencia con la mirada. Luego, el Arkai dio un suave golpe al suelo con su báculo, para que se transformara en la vieja vara que aparentaba ser su bastón.
—Buenas noches, nos vemos en la madrugada —se despidió de ambos.
—Cuídate, Shedar —le dijo Vannia, como de costumbre.
Ella cerró la puerta. Al voltear, vio a Jarrel de pie contemplando la pluma al trasluz de la antorcha, y su interior pareció quebrarse con una honda tristeza. Su cabello claro y exquisitamente desordenado, su mirada resuelta, su energía firme y aquel otro ingrediente que llevaba en el alma, imposible de explicar con palabras, habían terminado por robarle su corazón humano. ¿En realidad necesitaba que Jarrel volviera pronto a su hogar?, se preguntó. Probablemente, Shedar tenía razón al pensar que sí. Tal vez después que él se marchara podría hacer de cuentas que nunca estuvo allí y así sus sentimientos volverían a un cause más armónico, que le permitiera prepararse para su iniciación de Arkai con la mente puesta en lo que debía. Más, ¿qué hacía con la congoja profunda que se había apoderado de ella? Tal vez podría guardarla para que nadie la viera.
Jarrel giró su rostro hacia ella y sus ojos cambiaron de la seriedad al deslumbramiento.
—Yo… yo no tenía idea que Shedar guardaba el secreto de la pluma de Anikda, me lo confesó recién ayer —le comentó Vannia, intentando ocultar su estado de ánimo.
—¡Ésto nos devuelve las esperanzas! —exclamó Jarrel—. Hemos recorrido muchos lugares buscándola; incluso algunas expediciones llegaron hasta el mar. El talante de mi padre mejorará mucho con esta noticia.
—Tal vez ese era el tesoro que Ahry había estado protegiendo todo este tiempo.
Jarrel guardó la pluma en el delgado estuche de madera y luego la metió en un bolsillo. Alzó su mirada hacia ella y le dijo:
—Cuando hice ese comentario estaba pensando que ese tesoro eras tu.
—¡No bromees con eso! —exclamó Vannia, con los colores subidos al rostro. Y fue a sentarse en la banqueta, entre la mesa y la estantería, mientras Jarrel sonreía.
—No es una broma. ¿Acaso no notaste cómo Ahry surgió de la nada para defenderte hoy de ese soldado?
—Lo hizo sólo porque me ama.
—No dudo que debe tener miles de razones para quererte —dijo Jarrel con más seriedad, sin apartar sus ojos de ella. Sin embargo, Vannia bajó la mirada, incomoda, y el silencio ganó terreno entre ellos.
No eran muy hilados los recuerdos que Jarrel tenía de sus supuestos encuentros astrales, pero eran varios: la evocaba sonriendo sentada sobre la copa de un endro, o recibiendo una lluvia de hojas sobre su rostro mientras giraba divertida en medio de un bosque y parecía una niña despreocupada. La recordaba mirando extasiada el firmamento, tendida sobre la hierba en la meseta mayor de Inor; o flotando frente a su balcón, traspasándolo con sus ojos violetas para iluminarle los sueños. En todas las imágenes la veía más espontánea, más suelta y radiante que la muchacha que tenía enfrente.
Durante todo aquel tiempo de sueños e imágenes inconexas, él había intentado quitarle importancia al sentimiento que ella suscitaba en él. Sin embargo, ahora que la tenía tan cerca necesitaba más espacio dentro de sí para guardar todo lo que estaba sintiendo por haberla encontrado.
—Probablemente, tú y Shedar puedan salir de aquí luego que hayamos derrocado a Skara —dijo con muchas expectativas y una llamativa sonrisa—; quizá después, si tu quieres, pueda mostrarte los lugares más bellos del reino —ofreció.
Vannia le sonrió por la oferta, pero sintió que el corazón se le apretaba un poco más al percibir la energía envolvente que fluía desde él hacia ella, magnetísmo en el cual se había dejado llevar tantas veces en estado de desdoblamiento y que ahora debía rechazar.
—Gracias. Pero, no creo que vaya a tener tiempo para eso —le dijo con compostura, aunque su tristeza se hizo más evidente.
—Supongo que será en vano preguntar la causa de tu pesar, ¿no? —Vannia sólo lo miró con sus ojos grandes—. Está bien, no voy a insistir en que me cuentes los secretos que hay entre el Arkai y tu. Sin embargo, necesito saber algo sobre ciertos sueños que han estado asaltandome desde hace algunos años...
—Alteza, no siga —interrumpió Vannia, poniéndose de pie—. Es mejor que vaya a descansar. Mañana será un día largo, lleno de emociones para usted y su familia. Retornará al palacio llevando una excelente noticia para el reino. Beba del brebaje del sueño y descanse sin sobresaltos; por mi parte, yo haré lo mismo. Buenas noches —dijo, tratando de dominarse. Pero la voz se le quebró en las últimas palabras. Quiso avanzar rápido para marcharse, mas Jarrel se apresuró y la detuvo tomándola por la mano antes que entrara en el pasillo.
—¡Por lo que más quieras, dime que no estoy loco, que tu también me recuerdas! —le dijo suplicante.
Vannia se quedó inmóvil, sintiendo que se le volcaba el alma. Cerró los ojos y no dijo nada. Jarrel avanzó y se puso enfrente de ella.
—¡Dime que también me recuerdas de tus sueños! por favor, mírame —la presionó.
Vannia abrió los ojos y él vio que estaban vidriosos, mas a través de ellos le pareció ver el universo completo; cómo si estuviera contemplando la eternidad. Suavemente le acarició el rostro y sintió la tibieza de una lágrima caer entre sus dedos. Ella apoyó su mejilla en la mano de él y asintió con un ligero movimiento de cabeza. Muy despacio, casi imperceptiblemente, le dijo—:
—Te recuerdo, con mayor claridad que tú a mí.
Jarrel la abrazó fuerte; se quedaron inmóviles, sin palabras durante unos instantes.
—¡No puedo creerlo! —exclamó él, rompiendo el silencio, apartándola un poco para mirarla—. Pensé que no existías.
Jarrel volvió a acariciarle el rostro y pasó la yema de su dedo pulgar por la comisura de los labios de ella; sintió su piel tersa en la palma de su mano y contempló su perfecta boca con el deseo desmedido de besarla. Sin soportarlo más, se acercó a ella con delicadeza, sintiendo que el corazón le iba a estallar, pero Vannia se separó bruscamente de él y retrocedió. Lo miró con el rostro apenado.
—¡¡Esto es tan injusto!! —dijo amargamente y retomó su camino. Pasó por el lado de Jarrel sin mirarlo y se apresuró para ir a encerrarse en su dormitorio.
Jarrel se quedó de pie unos instantes, perplejo. Se había arriesgado y había comprobado que sus encuentros astrales habían sido reales, y que ella guardaba sentimientos como los de él. Mas no entendía aún que era lo que realmente sucedía. Se acercó a la puerta del cuarto de Vannia y golpeó.
—¿Vannia?
Ella no contestó.
—Vannia, abre la puerta —le pidió—. ¡Dime qué ocurre!
—¡Déjame sola, por favor! —habló ella desde el cuarto, con la voz entrecortada.
—No lo haré —le dijo Jarrel con decisión—. Voy a insistir hasta que me digas por qué ésto te atormenta tanto.
—¡Todo es mi culpa! —contestó ella—. ¡Nunca debí desdoblarme! —dijo, dejando salir la rabia.
—No hables así —pidió Jarrel con intensidad—. Nos encontramos en otro plano solo por voluntad del Mahayeram.
—El Mahayeram no tuvo nada que ver. Fue mi error, sólo mío —dijo ella.
—¿De qué te sientes culpable?, ¿es porque vas a ordenarte sacerdotisa?, ¿es porque tu padre quiere que recibas la luz del Arkalamaj? Por favor, déjame ayudarte —le pidió Jarrel.
—No puedes hacer nada —replicó ella—. Regresa a Dharas y has de cuentas que nunca me viste.
—¡No me pidas que haga eso! He rechazado este sentimiento desde la primera vez que soñé contigo. Ahora que se que eres real no voy a renunciar. ¡Ven conmigo a Dharas!
—¡Es que tú no comprendes! —exclamó ella.
—¡Comprendería si me explicaras! —replicó él.
—¡No puedo explicártelo!. Perdóname, en verdad lo lamento.
Jarrel, azorado, esperó un poco; pero ninguna otra palabra salió de detrás de la puerta. Dejó escapar un suspiro y un quejido fuerte, descargando la rabia y la impotencia acumulada contra el muro.
—¡No me voy a quedar sin respuestas, averiguaré lo que está ocurriendo! —le dijo con determinación y se retiró a su provisoria habitación para pensar con más calma. Vannia se quedó inmóvil detrás de la puerta, dejando salir por primera vez en su vida un amargo llanto.
***
A la luz de una vela casi en extinción, Radalla examinaba el mapa; sin embargo, la vela no le era necesaria: con las yemas de sus dedos iba tocando la textura del papel, y éstos le trasmitían imágenes y sensaciones que percibía con facilidad. A su lado se encontraba Jesse; la pena aún no cesaba de corroer su alma y el vacío a veces la hacía desear desaparecer, pero en ese hogar había hallado consuelo y una nueva familia, ya que Radalla la había acogido como a una hija, y sus cuidados eran la única esperanza de mitigar el dolor.
Girdhan también estaba en la pequeña sala, apoyado en el alféizar de la ventana obserbando hacia la oscuridad de la noche. Había llegado a casa hacia muy poco, pues había tenido que suplir a un compañero del segundo turno; además, había permanecido dando vueltas por las calles, hasta cerciorarse de que la reina había regresado ya al palacio. Su corazón y su estomago estaban apretados; sabía que todos sus compañeros debían estar reunidos en el templo abandonado, inquietos, aguardando por él, y listos para partir en una misión desesperada si las nuevas eran buenas.
—¿Todavía nada, abuela? —preguntó. El retraso lo mantenía tenso.
—Dale tiempo, Girdhan —le aconsejó Jesse.
Radalla respiraba intensa y agitadamente, su rostro denotaba cansancio; de súbito, lanzó un doloroso quejido y separó sus manos del mapa. Se desvaneció un instante. Jesse se precipitó para sostenerla. Girdhan se acercó.
—Abuela, ¿estás bien? —preguntó afligido.
Poco a poco, Radalla reguló su respiración hasta volver a la normalidad.
—Hijo… —le dijo a Girdhan aún afectada, extendiendo sus brazos hacia él—. Ven aquí.
Girdhan tomó sus manos y se agachó cerca de ella.
—¡Aquí estoy, abuela!
—¡Es terrible! —dijo, muy agobiada—. Me interné en esas cavernas; hay una oscuridad maligna allí, un terror inimaginable. Todo está lleno de inmundicia y los espíritus del Kajia están al acecho. Criaturas horrorosas moran por aquellas cuevas. Hijo, no vayas allí —le pidió afligida.
—Abuela, no me pidas eso —le respondió Girdhan—. ¿No te das cuenta de lo que ésto significa? Este mapa enseña el paso real hacia las guaridas de Skara. ¡Podremos llegar a ella y matarla!, ¡encontrarla desprevenida! No podrá imaginar que lleguemos de esta forma.
—Hijo mío, intenté observar hacia el futuro y la única cosa que veo es fuego… fuego y dolor, un fuego de muertes —contó Radalla.
—¿Fuego? ¿En las cavernas? —preguntó Girdhan con ansiedad.
—No, no, no lo sé, hijo. Sólo vi fuego y muerte. Debes tener mucho cuidado —dijo Radalla, llevando su mano a su corazón.
—Si es en la caverna o dentro del palacio no importan las muertes. —Girdhan pensó en voz alta—. Si logramos llegar allá, estoy seguro que podremos concluir nuestra misión… Abuela, ya debo partir.
—¡No hijo, no! —exclamó alterada la anciana—. Aguarda, aguarda unos instantes.
—¡¿Aguardar?! —exclamó Girdhan, angustiado por la petición de su abuela—. Imposible, ya debo partir. Los muchachos ya llevan mucho tiempo esperándome.
—No. Mi corazón me lo dice: aguarda unos preciosos segundos. Tu vida depende de ello. La caída de Skara depende de ello —dijo Radalla con más calma.
—¿La caída de Skara? ¿Has visto la caída de Skara? —preguntó exaltado—. ¿Lo vez? ¡Éste es nuestro momento!
—No, no he visto su caída, Girdhan. Solo son intuiciones sin ninguna certeza. Mas mi corazón sabe que necesitas vivir. Hijo, no puedo explicarlo mejor.
—Abuela… —le dijo Girdhan en un tono suave— desde que mis padres murieron mi razón de vida ha sido la caída de esa mujer. Debo terminar con este infierno en vida en el que todos vivimos. Ya es un rumor confirmado que el día del Arkalamaj-yeram se ha adelantado. No podemos permitir que ella adquiera más poder del que maneja, sería nuestro fin. Abuela, te prometo que la muerte no me alcanzará sin que la muerte de ella sobrevenga primero. Y si en esta razón de vida debo morir, moriré con alegría si tú puedes ser libre.
—Hijo, no quiero perderte —le dijo Radalla. Girdhan la beso en la frente, mientas ella intentaba retener la cabeza de su nieto entre sus manos.
—Abuela, te prometo que hoy volveré.
Girdhan se levantó. Tomó el mapa y lo guardó en su morral. Se colocó su manto negro y cubrió su cabeza y su cara. Sólo sus ojos grises con su destellante mirada de fuego quedaron visibles. Miró a Radalla una última vez, se despidió de Jesse con un ligero movimiento de cabeza y salió de la casa.
—Lo siento hijo, pero no puedo evitarte este dolor —dijo la anciana después que Girdhan cerrara la puerta, y se puso a llorar desconsoladamente.
Girdhan avanzó con prisa por las sombras de la ciudad. Llevaba el corazón enardecido como para iniciar un gran incendio en el palacio de Anthea. Llamas, su abuela había visto llamas. Eso le despertó una gran idea; si iniciaba fuegos en varios puntos del palacio, todo se alborotaría, y sería más facil. Había avanzado ya un buen trecho del trayecto, pero sus pasos aún le parecían lentos y la distancia demasiado larga. La agitación lo dominaba completamente, mientras repasaba una y otra vez las acciones a seguir. Además del mapa, cargaba en su morral las pociones mágicas para protección, y también otras que acrecentaban los sentidos psíquicos; las había preparado hacía tiempo atrás, guiándose por un viejo libro de magia que Radalla guardaba en secreto.
A medida que se acercaba a Villa Dorada, comenzó a percibir un intenso olor a humo. Apresuró aún más el paso, divisando un gran destello naranjo tras los torreones de los hogares. No se escuchaban gritos ni alboroto alguno, pero pudo notar que las llamaradas provenían del sector donde se encontraba el templo.
Corrió rápidamente, alterado ahora por la preocupación, agudizando sus sentidos. Le pareció escuchar algunas voces difusas, que poco a poco se tornaron fuertes; pronto distinguió también el sonido de relinchos y cascos de caballos. Al entrar al conjunto de casas y templos abandonados, pudo divisar el fuego con mayor claridad y darse cuenta que las voces eran de las órdenes que soldados de Skara gritaban por doquier. Si avanzaba por detrás de las construcciones contiguas, tendría el cobijo de las sombras. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se detuvo a observar; desde allí, con gran estupor, pudo ver que todo el antiguo templo estaba envuelto en llamas que salían por las ventanas, y la humareda se esparcía por doquier.
Su respiración se detuvo: en frente a la construcción habían al menos seis soldados montados en sus caballos y varios caballos sin jinete. Había otros soldados a pie, que mantenían antorchas y cercaban el templo. En el suelo, cerca de la puerta, logró identificar a tres cuerpos extendidos, humeantes y achicharrados, de los cuales aún se desprendía humo; los miró unos instantes, sin querer creer que se trataba de algunos de sus compañeros. Intensos gritos desgarradores lo perturbaron. Provenían desde el interior de la construcción, y se mezclaban con los relinchos de los caballos que estaban alterados por la cercanía del fuego.
Girdhan se acercó un poco más hasta llegar a unos ocho o nueve metros del lugar, aún apegándose a las sombras de la pared; no quería aceptar que sus camaradas habían sido sorprendidos por los guardias de Skara y estaban siendo masacrados. Una rabia profunda se apoderó de él y tuvo la intención de saltar para ayudar a sus amigos; pero antes de dar el primer paso una voz débil lo detuvo.
—¡Gir…dhan! —oyó la moribunda voz de una mujer. Buscó en la oscuridad; y en la orilla del mismo edificio por donde avanzaba, tendida entre las sombras, estaba Nissa.
—¡Nissa! —dijo despacio y se acercó a ella, abrazándola.
—Vete, vete de aquí —dijo ella con dificultad. Estaba muy herida por la estocada de una oscura espada. Siendo la portera, fue la primera en recibir el daño. Había sido arrastrada hacia afuera y allí, le hundieron el arma en el vientre, sin contemplación. Cayó al piso y los soldados no se ocuparon más de ella para ir a cumplir sus órdenes. En su dolor, y sin que nadie lo notara, se arrastró hasta la orilla de los muros de la construcción aledaña, donde las sombras la cobijaron; y allí se quedó en completo silencio, hasta que apareció Girdhan.
—No voy a dejarte sola, amor —dijo Girdhan entre lágrimas.
En ese momento la puerta principal del templo estalló y cinco de sus compañeros salieron con llamas encendidas en sus cuerpos. Fueron inmediatamente contenidos por los soldados, que a punta de lanzas les dieron brutal muerte. Girdhan comenzó a llorar de rabia y dolor.
—Girdhan —dijo Nissa, casi imperceptiblemente—. Vete… sálvate.
En ese instante Nissa dejó de respirar y murió.
—¡Nissa! —dijo Girdhan, y un quejido sollozante salió de su alma.
Entre la agitación de los soldados, los relinchos de los caballos y la destrucción que provocaban las llamas, uno de los jinetes escuchó el sollozo y avanzó hacía el lugar donde Girdhan se encontraba sosteniendo a Nissa. Con la espada sostenida en una mano, y una antorcha de luz moribunda en la otra, listo estaba para dar su estocada; pero, al ver lo que allí sucedía se detuvo. Girdhan no notó la presencia del soldado, hasta que éste estuvo encima. Con la pequeña luz de la antorcha, entre las sombras y las ropas oscuras del jinete, pudo ver el brillo de los ojos color del cielo, era Mae.
—¡Tú, traidora! ¡Mátame de una vez! —le dijo Girdhan con el rostro desfigurado.
Mae se quedó contrariada, inmóvil ante aquella escena, estupefacta ante los ojos de Girdhan. Estaba segura que estaría adentro, junto a los otros; sin embargo, al verlo allí, un extraño alivio la embargó. Quizá, aquella sensación paliativa era porque se veía a sí misma reflejada en los ojos de él como si fueran un espejo; pero luego, preocupada, pensó que no podía reaccionar como correspondía por algún nexo invisible que la unía a ese hombre y ella no entendía, creía que aquel rebelde usaba algún hechizo y la estaba manipulando.
—¿Qué sucede allí, mi dama? —preguntó fuerte uno de los soldados.
Mae bajó la espada y sin pensar si la decisión era buena o mala, dijo:
—No es nada, sólo una mujer que acaba de morir. Vámonos ya, están todos muertos; la señora estará satisfecha —ordenó. Confundida, abandonó el lugar.
Algunas voces repitieron la orden. Los que estaban a pie subieron a sus caballos y al cabo de poco tiempo se marcharon. Las llamas se hicieron más altas y nadie en Anthea salió de sus casas para ver lo que había sucedido en Villa Dorada. Solo se quedó Girdhan abrazado a Nissa, llorando su pena, llorando su ira y su impotencia al ver muerta a la mujer que quería amar, al ver muertos a sus compañeros. Todas las esperanzas que lo habían inundado hacía unos instantes, quedaron así incineradas.
***
Sentado en el suelo meditaba Shedar. El viento le traía los suaves aromas de las hierbas, y el frío de la madrugada parecía no incomodarlo. Ni siquiera un insecto que revoloteaba afanado sobre su rostro lograba distraerlo. Las artes y la ciencia de un Arkai eran, a todas luces, la mejor herramienta que se podía poseer. A Shedar le había permitido, entre muchas otras cosas, hallar el lugar ideal para realizar los rituales mágicos y las meditaciones que requerían la luz de las lunas, sin ser descubierto o molestado por alma humana alguna.
Se encontraba sobre la planicie de la meseta mayor de Inor, sentado al frente del montículo de rocas que se alzaba en el borde. Sobre la última piedra de aquel, reposaba el daishak que preparaba para Jarrel. La gema engarzada en la joya brillaba suavemente mientras absorbía la energía creciente de Acun y Anar.
El alto sacerdote levantó su mano derecha y comenzó a cantar un mantra, suave en un principio, pero que poco a poco comenzó a volverse intenso y poderoso:
Ianet- eram, inder catark
Emua jada, inder catark
osselei darda, enim eram
do Jarrel Indercat nar Dharas
Cantó tres veces aquel verso y el talismán comenzó a elevarse lentamente, hasta quedar suspendido a varios centímetros sobre la piedra. Shedar esperó con los ojos cerrados; era el momento en que algún ser divino se manifestara, anclando su favor y beneplácito en la joya de poder, para convertirse en el espíritu protector de Jarrel.
Una hermosa luz destelló repentinamente, suave y cálida, pero luego se volvió intensa y majestuosa; y ante la sorpresa de Shedar, aquella energía continuó aumentando su nivel vibratorio hasta convertirse en una gran luminaria blanca que alumbró todo alrededor de las mesetas. Algunas ardillas salieron de sus cuevas y algunos pájaros entonaron sus primeros trinos, pensando que el amanecer había llegado. Entonces, Shedar, impulsado por una corazonada, abrió los ojos; y flotando sobre el talismán, pudo contemplar la magnánima e imponente presencia de Hellenmar, que tocaba con la punta de su espada la gema de la joya.
Shedar permaneció en completo asombro, contemplando aquella imagen celestial, sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. Una lágrima se le escapó de los ojos; si del gran resplandor o de emoción, ni él lo supo jamás. Nunca antes había bajado un anakuri tan poderoso a dar favor a un arhelam, a excepción de Kal—Iaham, la anakuri que había anclado su energía en el daishak de Vannia; sin embargo, en aquella ocasión, Shedar no la había visto, sólo la había percibido.
En el Kayam, Hellenmar era considerado como el más alto anakuri en poder y magnificencia en los palacios del Mahayeram, y en ese momento él estaba teniendo el inusual honor de contemplarlo con sus ojos físicos.
La luz comenzó a descender poco a poco; la imagen de Hellenmar comenzó a desvanecerse hasta desaparecer, y el daishak descendió hasta reposar nuevamente sobre el montículo de piedras. Las lunas, y algunas estrellas mirando desde el cielo, Ôrun entre ellas, fueron testigos de aquel momento sagrado que quedaría eternamente grabado en la memoria del anciano mago.
Shedar suspiró hondo y con mucha dificultad comenzó a mover su cuerpo.
—¡Ya está! ¡Ya está! —murmuró aún perplejo. Se puso de pie y, sintiendo el cuerpo trémulo y pesado, se dirigió hasta el montículo. Se encaramó por entre las rocas hasta alcanzar la cima. Suavemente, retiró el talismán. Descendió y permaneció de pie sosteniendo el daishak en sus palmas, en silencio durante largo rato, antes de volver a su hogar.
Un par de horas más tarde, Shedar y Jarrel se encontraban en una angosta y arenosa playa subterránea, al lado de las aguas del río. Más atrás, sobre los peldaños de roca, Vannia estaba sosteniendo una antorcha, cuya luz era apenas una minúscula lumbre que casi desaparecía en la oscuridad. El agua de la vertiente caía por su lado, haciendo gorgoritos entre las rocas.
—Esto le pertenece —dijo Shedar a Jarrel, entregándole la espada.
El arma estaba envuelta en una tela oscura. Jarrel la tomó complacido y la liberó del envoltorio; la hoja relucía como nunca a pesar de la escasa luz y parecía más liviana que antes. La gema blanca y brillante en el centro de la empuñadura plateada, lucía como recién pulida.
—Le he realizado un conjuro para que ninguna energía oscura la vuelva a poseer y su golpe corte no sólo la carne, sino también la mala energía —le dijo Shedar. Jarrel le sonrió agradecido y guardó la espada en la vaina que colgaba de su cinto.
Luego, el mago sacó el Daishak de su bolsillo.
—Aquí está su talismán —le dijo—. Por algún motivo más allá de mi comprensión, el mismo Hellenmar ha decidido ser su protector. Manténgalo oculto en sus ropas y no lo saque de su cuello por nada del mundo. Lo protegerá de la magia oscura, pues sus agentes temerán esta joya como si estuvieran ante la presencia del gran Anakuri.
Jarrel colgó el talismán en su cuello y lo ocultó inmediatamente, sin tener total consciencia de la importancia de las palabras de Shedar.
—Bien, está hecho —le dijo—. Gracias por todo.
El príncipe contempló el flujo de las aguas y la oscuridad que se cernía hacia adelante. Luego dio una fugaz mirada a Vannia, antes de volverse otra vez hacia Shedar.
—¿Y ahora, debo nadar? —le preguntó con algo de ironía.
—No se inquiete —le contestó Shedar. El Arkai se dirigió hacia las rocas de la pared cavernosa. De entre medio de ellas sacó primero un carcomido remo y, luego, comenzó a tirar algo parecido a una balsa vieja.
—¡Está algo atorada! —exclamó el mago.
—Permítame ayudarle —dijo Jarrel, metiéndose entre las rocas, tirando los maderos con fuerza. Una vez que estuvo fuera y la pusieron en el suelo, Shedar sonrió.
—¡Listo! Podrá utilizar esto —le dijo a Jarrel.
El príncipe observó la balsa con expresión incrédula. La madera estaba notoriamente podrida por la humedad.
—Yo mismo la utilicé hace varios años atrás —dijo Shedar, orgulloso.
—¿Y cree usted que resistirá? —El tono irónico de Jarrel apareció otra vez.
Shedar rió.
—Tenga la certeza que así será. No en vano soy un Arkai formado en la Orden Sagrada Mayor.
Shedar arrastró la balsa hasta la orilla; cerró los ojos y levantó su báculo. Una luz violeta, muy suave, comenzó a brillar dentro de la gema del cayado. El sacerdote oró en una lengua sagrada, pidiendo protección para la balsa y para el príncipe. Entonces, un haz de luz se desprendió desde la cima del bastón de poder y envolvió la pequeña embarcación.
Jarrel observó con asombro como aquella magia operaba; pero luego se volteó y miró a Vannia. Ella estaba seria, con el rostro apagado; se había mantenido en silencio desde que se había levantado. Solo había abierto la boca para responder alguna esporádica pregunta que Shedar le había hecho, pero con Jarrel no había cruzado palabra y lo había evitado al máximo. El príncipe dejó a Shedar en su tarea y fue hasta ella para despedirse.
—Te esperaré cuando llegue la noche —le dijo despacio, para que el mago no escuchara.
—Será inútil, no asistiré —aseguró ella, con la voz ahogada.
—De todos modos esperaré —le dijo el príncipe—. Y si no apareces, esperaré la noche que sigue; y la subsiguiente, hasta que pueda lograr que salgas de aquí en carne y hueso. Por mi vida y por la magnificencia del Mahayeram, te lo prometo.
—¿Alteza? —llamó Shedar—. Su transporte está listo.
Jarrel miró a Vannia a los ojos por última vez, con una mirada fuerte y decidida, casi dura. Y sin decir una palabra más, se dirigió a la orilla.
—Gracias por todo —le dijo a Shedar.
—Al regresar con los suyos le preguntarán sobre su gran aventura en el bosque —dijo el mago.
—No se preocupe, no diré una palabra sobre ustedes —le aseguró Jarrel.
—Se lo agradeceremos.
Jarrel tomó el remo y subió a la balsa, que después del conjuro parecía más firme que antes. Shedar, con su báculo, la empujó hacia la corriente.
—Hasta luego —dijo Jarrel—. Tal vez volvamos a encontrarnos en una situación más confortable.
Shedar asintió.
—Qué el Mahayeram lo proteja y acompañe.
El príncipe se sentó en la balsa y no miró hacia atrás. Vannia se quedó de pie, observando cómo Jarrel se perdía en la oscuridad. Al volver su mirada, se encontró con los ojos de Shedar, unos ojos severos en un rostro grave y endurecido, reclamando la verdad del asunto. Pero las emociones contenidas en el interior de la hija de Laromah, superaban el estupor o la deferencia de darle explicaciones a su maestro.
—Iré a mi habitación —le dijo Vannia, sin amilanarse, y caminó hacia la caverna. Por cada paso, el sentimiento de desdicha se hacía más fuerte. El recuerdo de la mirada de Jarrel y sus últimas palabras, se alojaron en su mente sin miramientos, y el peso de su destino por primera vez la asfixiaba. Cuando estaba apunto de llegar a la cima de la escalera, la pregunta inminente de Shedar sonó áspera desde abajo.
—Conocías al príncipe desde antes, ¿no es así?
Vannia se detuvo y miró a Shedar. El Arkai estaba de pie en medio de la habitación, con una postura rígida y una expresión terrible en la mirada.
—Sí —contestó ella, secamente.
—¿Cuánto tiempo hace que te desdoblas? —preguntó el anciano.
—Tres años.
—¡¿Te das cuenta de lo que haz hecho?! —le preguntó, muy duramente—. Todo el esfuerzo realizado durante estos años de encierro... ¡Cómo pudiste correr tanto riesgo! Sabes perfectamente que cualquier nelyeram que trabaje para Skara pudo verte. Con el brillo de tu luz no pasas desapercibida —le dijo enfadado.
—No fue intencional —explicó ella—, sucedió una noche sin querer; se durmió mi cuerpo y no mi conciencia. Fue tan extraño, no entendía bien que era lo que me estaba pasando.
—¿Por qué no me avisaste de inmediato… al día siguiente? Podría haber hecho algo para bloquearlo —dijo desalentado.
—Las primeras noches pensé que se trataba de un sueño común —le contó Vannia—. Luego entendí qué era lo que me estaba sucediendo; pero no quise terminar con ello, ¡estaba encantada con todo lo que había visto! Pude contemplar las montañas coronadas de estrellas, el mar y sus olas susurrantes, vi la ciudad de Dharas bajo la luz de las lunas y… —hizo una pausa—, en medio de todo ello me encontré con Jarrel.
Shedar se llevó una mano al rostro y bajó la cabeza.
—¡Si te lo decía sabía que nunca más volvería a verlo! —exclamó ella agobiada. Al ver la desazón de Shedar, continuó—: Pero no descuidé nuestra seguridad. Trabajé el doble en las protecciones antes de dormirme y…
—¡¡No es suficiente!! —dijo Shedar enérgicamente, golpeando el suelo con su báculo—. ¡El Kajia es mucho más fuerte que cualquier protección que tú puedas hacer! ¡Eres aún una niña en el manejo de tu dashoo! Has estado completamente vulnerable en todo este tiempo. Ha sido muy egoísta de tu parte —le dijo con dureza.
—¡Estaba fascinada con todo lo que había visto! —replicó ella con vehemencia—. ¿No puedes entenderlo? Toda mi vida me has hablado sobre el autodominio, la disciplina, y de lo que me espera. Y yo lo he aceptado de buena gana. Pero cuando conocí a Jarrel… contra eso no pude ganar. Perdóname, pero no puedo evitar ser humana. No puedo cercenar estos sentimientos —le dijo.
—¡Has pensado sólo en ti! —reclamó Shedar, azorado—. No te importó el destino de toda la gente que se encuentra allá afuera, de nuestra civilización. Ni siquiera el hecho que estabas arriesgando también al hijo de Karel. Ahora has involucrado al príncipe —dijo Shedar—. Por lo que pude observar, él también te ama y eso puede traernos serias consecuencias.
—Nunca esperé que eso fuera a suceder —dijo Vannia, bajando la mirada con arrepentimiento.
—No previste que el príncipe se enamorara de ti —dijo Shedar—, ni mucho menos que ese amor traspasara los velos de su inconsciencia y llevara a la vigilia los recuerdos de sus encuentros contigo. Los efectos de nuestros actos podemos preverlos todos. Pero no podemos controlar situaciones, cuando no podemos ni debemos ejercer poder sobre los actos del otro —dijo Shedar.
—Acepto mi culpa. Le pedí que se olvidara de mí y yo no volveré a hacer viajes astrales, si eso te tranquiliza. Todo ha acabado aquí.
—Eso espero —dijo Shedar.
Sin más que decir, Vannia continuó su camino hacia su cuarto. Shedar se acercó a la cama que había servido durante esas noches a Jarrel y se sentó. Se sentía decepcionado y triste por lo que había sucedido.


